Carta del Futuro

CARTA DEL FUTURO
Por Dexter Martin

Corre el año 2088, me encuentro sentado ante algo que ustedes en esencia conocen como “computadora”. Escribo esta carta para ustedes, congéneres del pasado. La vida que yo y algunos otros humanos de mi condición les hemos heredado a su presente y a su próximo futuro, es vacía e inexistente; es una vida muerta, una muerte viva.

Me encuentro en el Núcleo 23-A de la zona Este de Marte; así hemos dividido nuestros asentamientos, algo así como barrios o pequeñas ciudadelas debajo de la superficie del planeta rojo. Los que nos alejamos aquí somos, o fuimos, parte de lo poco que quedaba de nuestra raza.

Yo, humanos del siglo XXI, me dediqué a terminar con nuestro y su presente y futuro. Sin embargo también he de decir a manera de apología, que toda la destrucción que ocasioné siempre fue ignorada, defendida y hasta justificada por muchos de ustedes. Si bien es cierto que desde su temprana infancia mi misión era la de adueñarme de sus cuerpos, sus almas y sus mentes con el fin de crear una gran milicia ideológica de protectores a mi favor, ustedes, en diversas etapas de sus vidas, tuvieron oportunidad de romper, cada uno, con las cadenas que los ataban a mi albedrío.

En diversos momentos de su existencia tuvieron ocasión de revertir el dominio que tenía sobre sus inteligencias, pero sabían en el fondo que liberarse los hubiera obligado a la responsabilidad de sus actos, y precisamente eso era lo último que deseaban… Les gustaba la idea falsa de poder comprar su felicidad, les gustaba el desentenderse de su situación y de convivir con la inacción; preferían vivir como ciegos que ser valientes. Y yo no sólo los motivé y los orillé a esa situación, sino que también tomé ventaja. Me creí dueño del presente, y en algún sentido lo fui.

Irresponsablemente transformé al planeta en un infierno. Inventé el mecanismo de control más efectivo que ha existido: el dinero. Creyeron que todos podían tener acceso a él, ser ricos, y muy pocos se dieron cuenta de que el sistema monetario no podía existir sin los pobres. Me regodeé escuchando sus propuestas de “cambio” que jamás representaron un peligro real para mi dominio. Incluso varias de esas eventuales acciones activistas fueron financiadas y creadas por mí, algunas veces con el simple objetivo de crear una válvula de escape ante cierta reacción social inconforme, o para fundirles falsas esperanzas, o a veces como cortina de humo ante eventos de mayor magnitud que merecían ser discretos, o también para crear las condiciones para lograr la aceptación general de actos bélicos o coloniales. El motivar las diferencias entre nuestra misma especie fue crucial para lograr mis objetivos.

Desde el inicio observé que me era muy sencillo controlar y explotar al hombre a beneficio de mi ocio y despilfarro. Creé necesidades estúpidas que les convencí de tener que ser cubiertas para su satisfacción; eran obviamente estúpidas porque eran obviamente innecesarias. Pero ustedes no sólo aceptaron la imposición, sino que estaban ávidos por crearse más necesidades ridículas, las justificaron siempre y las desearon. Sobreexploté los bosques, lagos, océanos, ríos y valles para satisfacer esas necesidades creadas y para satisfacer también mi imparable avaricia de poder. Les impuse las necesidades que sólo yo podía cubrir.

Me adueñé de la Verdad mediante el control de los medios de comunicación, los adoctriné día y noche con contenidos enajenantes por radio, televisión, cine y demás medios y tecnologías. La Verdad era sólo verdad: la verdad del Poder. Inventé estereotipos, me adueñé de la democracia y administré su ignorancia. Les hice creer que la educación les abría las puertas a mi mundo. Apabullé la curiosidad infantil natural mediante tediosas lecciones e interminables torturas psicológicas en las escuelas que instauré como obligatorias.

Me adueñé de su sistema político por medio de mis partidos políticos, y de su economía por medio de mis bancos. Los insté a las guerras santas, y les hice creer que había representantes legítimos de Dios en la Tierra a los cuales adoraron incondicionalmente, desviando así sus atenciones.

Me adueñé de la ciencia y la usé en su contra con el fin de profundizar su embrutecimiento. Cuando, esporádicamente, aparecieron seres humanos de alta calidad ética e intelectual que representaban un riesgo a mi dominación, los incineré, los exilié, los ridiculicé, los asesiné. Me adueñé de sus protestas, las manipulé y las convertí en vacíos discursos.

Pude haber continuado con la explotación sin mayores contratiempos, a fin de cuentas contaba ya con un ejército gratuito de defensores entre ustedes, pero la Tierra no me lo permitió más. Décadas de sobreexplotación natural me pasaron factura. La Tierra se convirtió en un hogar inhabilitable.

La falta de agua potable, de vegetación y alimento comestible, la alteración del clima, la guerra nuclear, provocaron un infierno. Sobrevivimos pocos, un par de millones, el daño era irreversible. El sistema que instalé y que mis súbditos hombres defendieron hasta el final había por fin acabado. Antes de la devastación total, la investigación científica a la cual financiaba con otros hombres poderosos avanzó e hizo posible mudarnos a Marte y vivir debajo de su superficie.

Cuando se desato el infierno, huí de la Tierra con aquellos que compartían mi condición y mi poder. Dejé a la Tierra en el caos y el estrago. Los que se quedaron no sobrevivieron por mucho tiempo: la Tierra quedó sin huéspedes vivos.

Financié la construcción de lujosos hoteles, soles artificiales, noches de plástico, lagos sin peces y fingidos atardeceres debajo de la superficie del planeta rojo. A pesar de poner todos mis esfuerzos en replicar lo más fielmente a la Tierra en ciudadelas debajo de este planeta glaciar, fue inútil.

Los pocos que sobrevivimos comenzamos después de poco tiempo a añorar a nuestra madre Tierra. Los montes inventados, el pasto artificial, la luz simulada nunca se sintieron bien. Nuestra existencia era parcial, falsa, sintética… nos habíamos arrebatado de nosotros mismos. Comprendimos finalmente que también nosotros estábamos muertos ya, muertos en espíritu.

Nuestra pequeña comunidad de ex potentados, cansados de la inexistencia, de la simulación, optó por el suicidio colectivo. Decían que ya no importaba nada, que sin el espíritu el cuerpo es un estorbo.

Dos años y medio han pasado desde nuestro arribo a Marte. Llegamos 300 familias… sólo quedo yo, y, naturalmente, también he optado por el suicidio. Y no porque busque la purificación por medio de mi sacrificio, opto por perecer ahora por una simple razón: ya no queda otro hombre a quien pueda yo explotar.

Así ahora mando esta carta hacia atrás en el tiempo, rogándole al pasado ponga fin a mi dominio en su presente y me salve de mí mismo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s