Leyendo – Max Hölz: El revolucionario olvidado

Vendrá el día de la libertad y la venganza. Entonces nosotros seremos los jueces. ¡La justicia es una puta y ustedes son sus chulos!” – Max Hölz ante jueces alemanes, 1921.

hoelzLa memoria de un pueblo trabajador es orgullosa, y en ella sobresalen figuras que forman parte intrínseca de la historia. Sin embargo, como es normal, con el paso del tiempo se han ido quedado en el olvido montones de mujeres y hombres que también merecen un lugar en la historia. Revolucionarios de vida agitada, protagonistas de actos heroicos, de sacrificios monumentales y de altruismos absolutos.

Dentro de ese enorme grupo de personas semi-olvidadas que lucharon por la revolución, se encuentra Max Hölz, alemán de nacimiento. El libro que recomiendo hoy, “El estilo Hölz” de Paco Ignacio Taibo II, habla de este revolucionario olvidado y de su particular estilo en el combate, siempre apostando a la clandestinidad, la sorpresa y la ofensiva.

Este personaje no fue más que un obrero de familia humilde procedente de Sajonia, sin conciencia, borrego, obediente y sin demasiado interés en luchar por mejorar sus condiciones de vida. Sin embargo, mientras prestaba servicio en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, la influencia de las ideas revolucionarias llegaron a él y calaron profundamente.

Después de la guerra, Max Hölz era otra persona. Participó activamente, con éxitos militares destacables, en la Revolución Alemana (tanto en noviembre como durante el levantamiento espartaquista), tras lo cual los trabajadores y las organizaciones obreras sufrieron una brutal represión por parte de la ya entonces República de Weimar, convirtiéndose prácticamente en uno de los sujetos políticos más importantes del movimiento revolucionario alemán.

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Organizó a los obreros en pos de defender sus derechos y obtener conquistas sociales en tanto a que buscaba como fin último el comunismo.  Si bien, mostraba cierto desinterés por el campo teórico, Max destacó por sus dotes de liderazgo y su habilidad logística y organizativa, virtudes que utilizó para agrupar a los obreros de su región: realizó mitines, publicó periódicos revolucionarios y ayudo a conformar varias asociaciones de trabajadores

Acosado por la policía y protagonizando fugas increíbles, tuvo que pasar a la clandestinidad, cambiando de nombre y aspecto para continuar con su trabajo político y sindical, siempre viviendo de casa en casa con diferentes conocidos, en diferentes pueblos y ciudades durante los siguientes años. De las varias veces que la policía llegó a tener a Hölz agarrado y detenido, los propios obreros cargaban contra la policía y los contenían para que el revolucionario no fuese capturado.

Al revolucionario le gustaba mirar al peligro a los ojos y burlarse de él, y así se mantuvo hasta Putsch de Kapp, golpe de Estado llevado a cabo por la derecha militarista alemana, tras lo cual se convocó a una huelga general mientras el Partido Comunista llamaba al levantamiento armado, esto provocó una situación de enfrentamiento abierto entre obreros y fuerzas reaccionarias. En la batalla era donde Hölz se destacaba, si durante la labor clandestina supo mover los hilos que hacían falta para avanzar, en los levantamientos populares era un genio.

Fue expulsado (y luego readmitido) en el Partido Comunista Alemán, llegando a ser completamente ajeno a este a pesar de estar afiliado. El dinero que consiguió tras la expropiación de bienes además de lo recaudado durante los periodos de insurrección al frente del ejército, fue utilizado para mejorar la vida de los obreros o financiar las labores de agitación y propaganda de los partidos comunistas.

Columna de la Victoria en Berlín
Columna de la Victoria en Berlín

El revolucionario alemán llegó a organizar y armar en el autodenominado “ejército rojo” a más de 40.000 trabajadores, que durante lo que duró el levantamiento, llevaron a cabo un sinnúmero de acciones militares exitosas contra los golpistas.

Los obreros fueron masacrados por el ejército francés (que entró en Alemania) y el ejército alemán. Cuando el levantamiento comenzó a decaer, se retiró la llamada a la insurrección y a la huelga general por parte de los comunistas, concluyendo con la disolución del ejército. Esto fue seguido por una sangrienta represión contra los elementos insurrectos (más con los obreros que con los militares de derechas).

Tras volver a la clandestinidad (y querer incluso derribar con una bomba la columna de la Victoria en Berlín, símbolo del militarismo alemán), fue finalmente apresado y condenado a cadena perpetua tras palizas e interrogatorios violentos por parte de la policía y un juicio donde Hölz defendió sus ideas a capa y espada.

Los años de prisión e inactividad fueron sumamente destructivos para Hölz, que finalmente fue amnistiado en 1929 e invitado por Stalin a la Unión Soviética. Pero el primer país socialista del mundo no llenó la ambición revolucionaria de Hölz, quien se sentía apesadumbrado por el trabajo burocrático que tenía dispuesto.

Hölz ya no aguantaba más, quería volver a Alemania a pasar a la clandestinidad para combatir el nazismo (tanto antes, como después de que estos ganaran las elecciones). Escribió una carta a Stalin solicitando el regreso a Alemania, que le fue negado. En 1933 su cuerpo apareció flotando en un río de la ciudad de Gorki (República Socialista Soviética de Georgia, URSS). Max Hölz había muerto.

estilo-portadaLas versión oficial soviética siempre mantuvo un ahogamiento accidental, mientras que la más aceptada internacionalmente y necesariamente verídica habla de que fue asesinado por el Estado soviético. Sin embargo, Max Hölz nunca fue tratado por sus camaradas (soviéticos y alemanes) como un traidor, como si sucedió en otros casos como el de Trotsky o Béla Kun, su funeral fue abanderado por el Komintern y el PCUS, además de que estatuas suyas se levantaron años después.

Es cierto que la figura de Max Hölz pasó inadvertida ante los ojos de la historia. Y no aparece porque nunca fue un vencedor definitivo de las batallas que libró, pero sin duda, vale la pena quitarle el polvo al baúl de los recuerdos y sacar las historias de hombres tan excepcionales e increíbles que, fusil en mano y en la clandestinidad más violenta, se arriesgaron para decir luchar por sus ideales y por un sistema más justo.

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