Grandeza y miseria de la filosofía analítica

Jesús Mosterín 1Por Jesús Mosterín*

EL DERRUMBE DE LAS IDEOLOGÍAS 

Si todo nos da igual, si no pretendemos ir a sitio alguno, tampoco tendremos necesidad de orientarnos. Pero si tratamos de vivir lo mejor posible, requeriremos una orientación global, una brújula que nos señale la buena vida que buscamos y un mapa del mundo cuyos caminos transitamos. Esta orientación vital ha solido ser proporcionada en el pasado por las religiones y (más recientemente) por las ideologías políticas, tanto en el caso de los grandes movimientos de masas, como el cristianismo, el Islam, el nacionalismo o el comunismo, como en el de las pequeñas sectas y las facciones marginales.

La religión ha pretendido orientarnos acerca de cómo es la realidad en su conjunto y acerca de cómo vivir lo mejor posible, pero en la mayor parte de los casos sus orientaciones han sido formas de autoengaño. Como sabía Marx, la religión proporciona consuelos ilusorios a una vida infeliz. La sabiduría filosófica, por el contrario, consistiría en saber vivir realmente bien, de un modo lúcido y con los ojos abiertos. La filosofía es un intento de religión racional, lo que incluye la búsqueda de una cosmovisión intelectualmente honesta, que tenga en cuenta y evalúe críticamente los resultados de la ciencia. La filosofía es un intento de buena vida basado en la verdad y en el conocimiento más objetivo posible de la realidad.

La situación cultural de nuestra época se caracteriza por el estrepitoso fracaso de todas las religiones e ideologías como guías de nuestra manera de pensar y de vivir. El derrumbe de estos viejos idearios nos ha dejado como náufragos intelectuales en un mar sin puntos de referencia. Nunca en el pasado los humanes (es decir, los seres humanos, hombres o mujeres) habíamos sido tan libres, ni habíamos estado tan bien informados como ahora. Y, sin embargo, nuestro desasosiego y desorientación son obvios, así como nuestra carencia de respuestas claras y soluciones compartidas a los problemas de nuestro tiempo, tanto personales, como ecológicos y políticos.

El human actual, radicalmente desorientado, dejado huérfano y a la intemperie por el descalabro de religiones e ideologías, y confrontado a retos inéditos y acuciantes, requiere una brújula intelectual, una cosmovisión, una filosofía a la altura de nuestro tiempo. Y la busca, pero no la encuentra, pues la filosofía que necesitamos está aún por hacer.

LA FILOSOFÍA CONTINENTAL 

Dos filosofías ideológicas con fuerte apoyo institucional (el tomismo, sostenido por la Iglesia Católica, y el marxismo, promovido por la Unión Soviética y los Partidos Comunistas) han generado un enorme volumen de publicaciones durante nuestro siglo. Ambas alcanzaron también gran difusión en España y América Latina. Sin embargo, hoy en día ambas están ya muertas y enterradas. La filosofía que hoy sigue haciéndose suele clasificarse (de modo harto contundente) en continental y analítica.

La denominación de «filosofía continental» la inventaron los ingleses para referirse a todas las filosofías que se hacían en el continente europeo, es decir, en Europa fuera de las Islas Británicas. En este cajón de sastre metían desde la fenomenología y el existencialismo hasta las filosofías de Ortega y Gasset o de Habermas, pasando por todo tipo de resurrecciones (neotomismo, neokantismo, neomarxismo, etc.) y ensaladas intelectuales, que apenas si tenían algo en común. En el ámbito «continental» no solía valorarse la claridad lingüística y conceptual (aunque había excepciones, como Ortega y Gasset), solía ignorarse la lógica y la ciencia, y con frecuencia la oscuridad más farragosa era tomada como síntoma de profundidad, e interpretada con el respeto acrítico típico de la hermenéutica de los textos sagrados. Este tipo de filosofía ha ido desfalleciendo en los últimos decenios, pero al mismo tiempo ha dado lugar a una espléndida floración de estudios históricos y de ediciones críticas de textos de filósofos del pasado, tanto en Europa como en América. La llamada filosofía continental ha quedado, pues, prácticamente reducida a historia de la filosofía (como se refleja en los planes de estudio de las universidades europeas, donde la mayor parte de los profesores se limitan a leer y comentar los textos de los filósofos del pasado).

La filosofía «continental» nos informa sobre las soluciones que los pensadores de antaño dieron a sus problemas, pero ya no pretende orientarnos en el laberinto de nuestro tiempo. Ya no hacen filosofía, sino sólo historia de la filosofía, lo cual, desde luego, es una tarea importante, pero distinta. Los filósofos clásicos del pasado (como Aristóteles o Descartes o Hume o Kant) siempre consideraron la revisión histórica de las opiniones de sus predecesores como una mera introducción al tema, y nunca abdicaron de la confrontación directa con los problemas, que es la característica de la auténtica filosofía.

LA FILOSOFÍA ANALÍTICA 

La denominación de filosofía analítica empezó aplicándose sólo a los pocos filósofos de la primera mitad de nuestro siglo que defendían la tesis de que la solución (o disolución) de todos los problemas filosóficos vendría del análisis de las expresiones usadas en su formulación. Los filósofos analíticos (en este sentido estricto y temporalmente localizado) pensaban que todos los problemas filosóficos son problemas lingüísticos, es decir, problemas debidos a nuestra ignorancia de las complejidades del lenguaje en que los planteamos o a los defectos de dicho lenguaje. La solución de los problemas filosóficos se encontraría entonces en una mejor autoconciencia lingüística o en la traducción de los mismos a un lenguaje artificial perfecto.

Un huraño profesor de la Universidad de Jena, Gottlob Frege, fundó a finales del siglo XIX la lógica actual, la filosofía de la matemática, la filosofía del lenguaje y el análisis filosófico. Pero nadie se enteró hasta bien entrado nuestro propio siglo. Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein y Rudolf Carnap fueeron de algún modo sus discípulos, y desarrollaron la filosofía analítica de forma espectacular. La crisis del análisis filosófico tuvo lugar en los primeros años cincuenta, y su primer detonante fue la publicación por Quine en 1951 de su famoso artículo «Two Dogmas of Empiricism», reimpreso en From a Logical Point of View en 1953, el mismo año en que aparecieron (póstumamente) las Philosophische Untersuchungen de Wittgenstein.

Cuantos más años pasan, más claro resulta que la filosofía analítica ha sido la mejor filosofía que se ha hecho en la primera mitad de este siglo, y que sus creadores se cuentan entre los más grandes filósofos de todos los tiempos. El rigor diamantino de Frege, el lúcido desparpajo de Russell, la incandescente intensidad de Wittgenstein, la vigorosa audacia del Círculo de Viena, su común pasión por la exactitud y su implacable honestidad intelectual marcaron una época dorada de la historia de la filosofía. Pero conforme ha crecido su estatura como clásicos indiscutibles del pensamiento, han resultado también más evidentes las limitaciones e ingenuidades que frecuentemente acompañaban a sus concepciones más centrales.

Posteriormente el uso del adjetivo analítico ha ido ampliándose, hasta servir ahora para referirse, por una parte, a casi toda la filosofía que se hace en los países anglosajones (Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia, etc.), y, por otra, a casi toda la filosofía (se haga donde se haga) que valora la claridad y la precisión del discurso, y no desprecia la lógica ni la ciencia. En este sentido, Aristóteles era un filósofo analítico y muchos pensadores actuales lo son, y no sólo en los países anglosajones. En Finlandia, por ejemplo, todos los filósofos conocidos —Stenius, Von Wright, Hintikka, Tuomela, Niiniluoto— son analíticos.

En este sentido lato, ser un filósofo analítico ya no implica aceptación de tesis alguna, y desde luego no implica pensar que todos los problemas filosóficos son lingüísticos, o que su solución se base en el análisis lógico o gramatical. Sólo implica un cierto estilo y unas mínimas normas de urbanidad intelectual. Así, en la presentación oficial de la European Society for Analytical Philosophy leemos: «La filosofía analítica se caracteriza sobre todo por el objetivo de la claridad, la insistencia en la argumentación explícita y la exigencia de someter cualquier propuesta a los rigores de la evaluación crítica y la discusión». La filosofía analítica ha muerto. ¡Viva la filosofía analítica! En su testamento nos ha dejado un legado impresionante de adquisiciones irrenunciables y de nuevas disciplinas —como la lógica actual, la filosofía de la ciencia y la filosofía del lenguaje.

Algunos de los filósofos del Círculo de Viena se llamaron a sí mismos positivistas lógicos, aunque pronto abandonaron tan contundente denominación, que recordaba a Comte, con el que no tenían nada que ver. Pero, así como muchos pensadores actuales reivindican para sí la denominación de analíticos, e incluso siguen fundándose sociedades de filosofía analítica (la española es de 1995), el nombre de positivista ya sólo se emplea para insultar. Hace cuarenta años que todo el mundo ataca a los invisibles y mudos molinos de viento positivistas. Cada vez menos, es verdad, pues la falta de respuesta apaga la pasión. Lo que sí ocurre a veces (empezando por la otrora famosa polémica entre Habermas y Popper) es que dos filósofos se acusen mutuamente de positivistas. Pero nadie confiesa ser positivista y nadie defiende el positivismo.

La filosofía analítica (sobre todo en su variedad positivista vienesa) estuvo íntimamente relacionada con la ciencia de su tiempo, que a su vez atravesaba una etapa gloriosa. Ernst Mach influyó decisivamente en Einstein, que a su vez sirvió de inspiración a los empiristas lógicos, que por su parte influyeron en los creadores de la mecánica cuántica. Esta estrecha atención a la ciencia viva se ha mantenido y ha acabado reventando el estrecho cascarón de la filosofía analítica original. No hay un lenguaje unificado de la ciencia. No hay un único método de la ciencia. No hay una única descripción verdadera del mundo. En realidad no sabemos muy bien lo que la ciencia es, y cada día descubrimos nuevas complejidades en su entramado. Lo que está claro es que la ciencia no es un conjunto de enunciados verificables acerca de nuestras impresiones sensibles. Pero, aunque el positivismo ha desaparecido, la filosofía de la ciencia a que dio lugar lo ha sobrevivido y goza de excelente salud.

LA ESCOLÁSTICA ANALÍTICA 

Frege, Russell, Wittgenstein y los neopositivistas sometieron la filosofía a una kátharsis vigorosa y saludable. Posteriormente la tradición intelectual analítica ha perdido su vigor y su tono, volviendo la espalda a los problemas reales de su tiempo y degradándose en escolástica reiteración de las mismas cuestiones, rumiadas hasta la saciedad. ¿Quién defiende todavía la existencia de un lenguaje privado, para merecer tan repetidas refutaciones? La filosofía analítica actual produce una cascada de artículos sobre otros artículos y de comentarios a otros comentarios, sin apenas contacto con el mundo real, que recuerdan al escolasticismo medieval de Europa y la India.

A pesar de todo la filosofía analítica (en sentido amplio) sigue siendo la corriente más viva de la filosofía actual. En su seno se han realizado notables progresos en el análisis conceptual de muchas nociones clave. Nunca se había hecho tanta filosofía, ni tan buena, sutil y sofisticada, como en la filosofía analítica actual, pero sólo en torno a las cuestiones previas a los grandes temas de la cosmovisión y la buena vida, a los que nunca se llega.

La decepción que produce la filosofía analítica se debe a que se ha quedado empantanada en los preparativos. En la primera mitad de nuestro siglo los fundadores del análisis se rebelaron contra la oscuridad, la arbitrariedad, el dogmatismo y la palabrería de gran parte de la filosofía tradicional, sobre todo la que provenía del idealismo alemán. Insistieron en la importancia de evitar las trampas que nos tiende el lenguaje, introdujeron estándares de rigor metodológico comparables a los de la ciencia, y despejaron el terreno de la basura acumulada por la historia. Después de este magnífico acto de limpieza sus sucesores podían ponerse manos a la obra y hacer una gran filosofía, pero no lo hicieron.

La filosofía analítica empezó afilando y bruñendo sus armas, pero luego se olvidó de entrar en combate, y degeneró en una peculiar escolástica, que se manifiesta en el análisis repetitivo de temas minúsculos y sutiles. Así ha producido miles de artículos sobre la calvicie del rey de Francia (que plantea el problema de la referencia de las descripciones impropias) y docenas de tesis doctorales sobre los hipotéticos cerebros en una bañera(1) (que plantean la cuestión del establecimiento de la referencia). Es cierto que hay que analizar los conceptos que usamos en nuestra cosmovisión, y que hemos de evitar caer en las trampas que nos tiende el lenguaje. Pero la filosofía no se limita al análisis conceptual ni al lingüístico. Para ascender al Everest se necesitan buenas botas, pero la obsesión por las botas no debe hacernos olvidar la ascensión de la cumbre. Como un equipo de fútbol magnífico en su entrenamiento y preparación gimnástica, pero que no acude a jugar el partido; como un ejército ducho en táctica y bien ejercitado en puntería, pero que nunca llega a entrar en combate; así también los sutiles y competentes filósofos analíticos actuales han desertado de su tarea principal.

DIMENSIÓN HUMANA Y ESPECIALIDAD ACADÉMICA 

Los humanes se diferencian o clasifican, entre otras cosas, por su oficio o profesión. Unos son agricultores, otros, pilotos de aviación. Sin embargo, todos comparten ciertas dimensiones vitales, como la curiosidad, el erotismo, la gastronomía o la economía doméstica. Estas dimensiones humanas pueden estar más o menos desarrolladas en cada individuo, pero (al menos potencialmente y en algún grado) están presentes en todos nosotros.

La filosofía se puede considerar desde dos puntos de vista: como una profesión o especialidad académica (al mismo nivel que el derecho contencioso-administrativo, la arqueología sumeria o la física de plasmas), o como una dimensión humana, asunto de todos. Pienso que este segundo sentido es el fundamental. La filosofía como especialidad académica y profesional sólo tiene sentido y justificación en la medida en que contribuya a la filosofía como dimensión humana.

La ciencia de nuestro siglo se ha ramificado tanto y ha llegado tan lejos, que su progreso requiere una enorme especialización de sus practicantes. El especialista cada vez tiene que especializarse más, con lo que sabe cada vez más sobre cada vez menos, hasta que llega a saberlo casi todo sobre casi nada. Esta evolución es necesaria, pero obviamente conduce en una dirección contraria a la de la filosofía, pues —en palabras de Platón— «el filósofo es el que tiene la visión de conjunto (synoptikós)».(2) Aunque no puede haber bosque sin árboles, ni cosmovisión racional sin previos resultados científicos particulares, aquí también con frecuencia los árboles nos impiden ver el bosque, y la ardua asimilación de los resultados concretos de la investigación nos hace olvidar la meta de la visión filosófica de conjunto.

Los resultados de la investigación especializada normalmente no interesan más allá del estrecho círculo de los investigadores de esa especialidad. Son importantes para los que están haciendo tesis doctorales o trabajando en el mismo tema, pero no son relevantes para la mayoría de los humanes, ni siquiera de los cultos e intelectualmente despiertos, ni siquiera de los científicamente próximos. Incluso los matemáticos eminentes no suelen entender lo que hacen otros matemáticos alejados de su especialidad.

El científico especializado hace su carrera académica dentro de su profesión o comunidad científica. Busca el reconocimiento de sus colegas, hace su currículum mediante sus publicaciones referenciadas, y contribuye con su granito de arena al progreso de su especialidad. Y nada más. No pretende (salvo excepciones) decir nada a la humanidad.

También la filosofía académica se ha especializado y profesionalizado. Los filósofos son especialistas en historia de la filosofía antigua, o en Kant, o en Wittgenstein, o en hermenéutica, o en Habermas, o en mundos posibles, o en la relación mente-cuerpo, o en la teoría de la referencia. Son profesionales que dan sus clases a alumnos de su facultad, escriben sus artículos en revistas de escasa tirada que sólo reciben las bibliotecas universitarias, asisten a congresos de su gremio, y se abren camino en el mundo académico de igual modo que cualesquiera otros especialistas. Sus resultados son alabados o criticados por los colegas, pero no interesan ni pretenden interesar a la humanidad en general.

A principios de siglo, horrorizados por la oscuridad, la confusión y el dogmatismo en que había caído gran parte del discurso filosófico (sobre todo, en alemán), algunos de los mejores filósofos pretendieron que la filosofía llegara a ser una especialidad científica como las demás. Y, al menos a efectos sociales, lo han conseguido.  Pero, ¿a qué precio?

Los filósofos profesionales se ganan la vida y el aprecio de los colegas, pero no aportan casi nada a la solución de la gran crisis cultural que vive la humanidad, no aportan casi nada a la orientación vital individual y colectiva, y tampoco a la construcción de una cosmovisión a la altura de nuestro tiempo. No nos orientan sobre cómo vivir y morir, no nos definen la buena vida. Ni siquiera nos dan un ejemplo brillante o especialmente atractivo de bíos (de vida, en sentido biográfico).

Aunque no todos los humanes tienen que descifrar inscripciones mayas, o construir programas en LISP, o hacer análisis electroforéticos, sin embargo todos los humanes tienen —tenemos— que vivir. La destreza en el vivir nos interesa a todos. La orientación última, la cosmovisión, la elucidación de la buena vida no son temas para especialistas. Son los temas de la filosofía. Y la filosofía es asunto de todos.

Actualmente hay unos 14.000 filósofos profesionales (es decir, enseñantes de filosofía en los colleges y universidades) en los países anglosajones. [En los de lengua española el número es probablemente parecido]. Estos filósofos anglosajones publican unos 250 libros al año y multitud de artículos en las 200 revistas de filosofía a su disposición. En total, publican unas 140.000 páginas al año, es decir, unas 10 páginas por filósofo y año. De este inmenso caudal de textos, más de la mitad corresponde a la filosofía analítica (en sentido amplio).

A pesar de su gran número, los filósofos norteamericanos no tienen ninguna influencia en la sociedad americana, no aparecen en los medios de comunicación, y no contribuyen en nada a la formación de la opinión pública. Su influencia es ahora incluso mucho menor que a principios de siglo, cuando filósofos como William James, John Dewey y George Santayana provocaban ciertos debates públicos con sus escritos. Es sorprendente que en un país donde se discute desde el creacionismo hasta lo políticamente correcto, y desde la posesión de armas hasta el futuro de la carrera espacial y el papel del Estado, los filósofos tengan tan poco que decir.

Hasta 1977 el Anuario de la Encyclopaedia Britannica incluía cada año, junto a otras dedicadas a la música, la política, la salud, las ciencias, etc., una sección de filosofía, que ese año fue suprimida, y ya no ha vuelto a reaparecer. La revista Time, el diario New York Times y otros medios de comunicación han lamentado en sus editoriales la irrelevancia de la filosofía contemporánea para los problemas de nuestro tiempo y han criticado la absorción narcisista de los filósofos en minúscidas cuestiones técnicas o lógico-lingüísticas que hacen a su disciplina irrelevante para los problemas e intereses de los no especialistas.(3)

En resumen, los filósofos profesionales, y en especial los analíticos, aunque numerosos y bien formados, están ensimismados en su estrecho mundo académico, son especialistas como los demás, y están contribuyendo poco a la filosofía como dimensión humana.

COSMOVISIÓN 

Antes de decidir a dónde y por dónde queremos ir, necesitamos representarnos de alguna manera el lugar en que nos encontramos. Antes de elegir cómo vivir, precisamos tener cierta idea o imagen acerca de cómo es el mundo en que vamos a vivir nuestra vida. La cosmovisión es el marco de referencia teórico para nuestras consideraciones prácticas. Por eso, una cosmovisión errónea puede desorientarnos gravemente y conducirnos a vivir peor de lo que podríamos. Los nobles aztecas que constantemente se punzaban y sangraban sus lenguas, orejas y penes, o las monjas católicas que se colocaban cilicios bajo el hábito, estaban actuando de modo contraproducente para su bienestar, impulsados por creencias falsas (acerca de la influencia de la sangre en la conservación del Sol, en un caso; y acerca de la vida tras la muerte y la compra de placer ultramundano con dolor terrenal, en el otro). Si realmente queremos vivir bien, lo primero que requerimos es un mapa correcto de la realidad, una cosmovisión a la altura de la mejor información disponible en nuestro tiempo. La sabiduría que busca la filosofía se basa en la lucidez, y pasa por la construcción (provisional, pero intelectualmente responsable) de una cosmovisión que sirva de marco de referencia último de los planteamientos vitales.

Platón(4) pensaba que la contemplación de la inmutabilidad y orden de los cielos tendría un efecto calmante en nuestro espíritu, haciéndolo inmutable como ellos. Pero hoy sabemos que el universo es un continuo cataclismo y explosión, no sólo en los albores originarios del big bang, sino también en todo tipo de fenómenos que hemos ido descubriendo recientemente, desde el hundimiento agónico de estrellas en agujeros negros insaciables hasta la canibalización de unas galaxias por otras. Obviamente la cosmovisión de Platón ya no nos sirve. Ni la de Aristóteles, o la de Descartes, o la de Kant. Al menos ellos tenían una. Nosotros aún hemos de construir la nuestra.

La construcción responsable de una cosmovisión filosófica requiere una evaluación epistemológica tanto de los presuntos datos de la ciencia observacional como de los componentes conceptuales y matemáticos de la ciencia teórica. Una cosmovisión dogmática no es filosofía. Los científicos, y en especial los cosmólogos, son aficionados a especular, y no todo lo que sale de sus bocas tiene el mismo grado de fiabilidad. La física actual contiene tanto resultados solidísimos como teorías dudosas y cogidas con alfileres. Por eso necesitamos la epistemología, pero la necesitamos porque queremos construir una cosmovisión.

Los clásicos de la tradición analítica no olvidaron que el universo es un tema central de la filosofía. Incluso G. E. Moore, el paladín del análisis, pensaba que la filosofía, además de analizar conceptos, tiene también como tarea «ofrecer una descripción general del todo del universo».(5) Bertrand Russell pensaba que la contemplación del cosmos ayuda al filósofo a liberarse de preocupaciones estrechas y ataduras tribales. Como señala Russell, «la contemplación no sólo amplía el alcance de nuestro pensamiento, sino también el de nuestras acciones y nuestros afectos: nos hace ciudadanos del universo, y no solo de una ciudad amurallada en guerra con las demás. En esta ciudadanía del universo consiste la verdadera libertad del human, y su liberación de la servidumbre de las esperanzas y los temores estrechos».(6) Karl Popper escribía: «Creo que hay al menos un problema filosófico que interesa a todos los humanes reflexivos: el problema de la cosmología, el problema de entender el mundo — incluidos nosotros mismos, que formamos parte de este mundo, y nuestro saber. Pienso que toda ciencia es cosmología en este sentido; y para mí la filosofía, como la ciencia natural, sólo es interesante por su contribución a la cosmología. Si dejaran de ver en ello su misión, la filosofía y la ciencia natural perderían todo su atractivo, al menos para mí».(7)

A pesar de todo, la mayoría de los filósofos carecen de ambición cosmovisiva, dejando el campo libre para las especulaciones metafísicas audaces (aunque a veces ingenuas) de los científicos. Stephen Hawking declaraba recientemente en Barcelona na que ahora los físicos se ven obligados a hacer filosofía, ya que los filósofos han dejado de hacerla. Quizás lo dijo como boutade, pero no por ello dejó de señalar una laguna indudable de la filosofía actual.

LA BUENA VIDA 

¿Cómo vivir? Lo mejor posible. Si el problema fundamental de la filosofía teórica es el de la cosmovisión, el problema fundamental de la filosofía práctica es el de la buena vida. ¿Qué es la buena vida? El sabio es el que ya sabe en qué consiste la buena vida, y fácilmente y sin esfuerzo la vive. El filósofo es el aprendiz de sabio, el aspirante a sabio. El sabio es el filósofo que ya ha alcanzado su meta, el filósofo exitoso.

Un famoso libro de Albert Camus comienza con las palabras: «No hay más que un problema filosófico realmente serio: el del suicidio».(8) Esto es una exageración, pero pone el dedo en la llaga de la filosofía práctica. El gran problema es el de cómo vivir, que incluye el de cómo morir, y, por tanto, el de si suicidarse o no, y cuándo y bajo qué circunstancias. En nuestro tiempo los progresos de la medicina y de la técnica, la explosión demográfica, la crisis ecológica, el creciente anacronismo de los estados nacionales y muchos otros retos presentes nos plantean acuciantes cuestiones acerca de cómo nacer, y cómo vivir, y cómo morir, y cómo interaccionar como especie con las otras especies de nuestra biósfera. Pero las éticas neocontractualistas en boga (de Rawls y de Habermas) no dan respuesta a ninguna de estas preguntas. No es éste el lugar para criticarlas, pero si lo fuera, la principal crítica no consistiría en discrepar de sus soluciones, sino en constatar la ausencia de soluciones.

Ya Ortega y Gasset había señalado que la propia vida (en sentido biográfico) es para cada uno de nosotros la realidad radical. Cada uno tendría que vivir su mejor vida posible, su buena vida (a la que Ortega llamaba vocación), pero antes de vivirla tendría que descubrirla o inventarla, lo cual sería un ejercicio de filosofía como dimensión humana. Sorprendéntemente la filosofía actual no es particularmente explícita ni orientativa respecto al tema de la buena vida. En esto se compara con desventaja con otras filosofías del pasado, como la aristotélica o la de la India clásica. Naturalmente, no se trata de retornar a la vieja sabiduría aristotélica o hindú, pero hay que reconocer que la filosofía contemporánea no nos ofrece una concepción de la buena vida de vigor y audacia comparables.

La palabra «liberación» se ha asociado a veces en Latinoamérica con la violencia y la guerrilla o la insurrección social. Pero en todas las épocas algunos individuos han tratado de autoliberarse —la única forma posible de liberación, según Buddha— mediante la reflexión filosófica y la consciencia cósmica. ¿De qué nos libera la liberación filosófica? Nos libera de la ignorancia y los prejuicios, de las preocupaciones minúsculas, de los temores infundados, de los afanes vacíos, de las actitudes y ataduras mentales que nos impiden alcanzar la plenitud posible de nuestra vida y la unión intelectual con el universo. La moka o liberación es la guinda del pastel de la buena vida, la culminación de la vida plena, la realización de la potencialidad divina que hay en nosotros: sintonizar con el universo, sentir el fervor j el arrobo lúcido de la unión mística con el universo. Según Bertrand Russell: «hay que estudiar filosofía… sobre todo porque, a través de la grandeza áú universo que la filosofía contempla, la mente también se engrandece y se vuelve capaz de aquella unión con el universo en que consiste su máximo bien».(9)

Cada vez que pensamos en el universo y nos unimos mentalmente con él, nuestro cerebro se convierte en el lugar geométrico en que el universo se piensa a sí mismo. Como decía José Ortega y Gasset, «el filosofar es una forma de vivir… ¿Qué es, como vida, el filosofar? Ya hemos visto vagamente que es un desvivir —un desvivirse por cuanto hay o el Universo—, un hacer de sí lugar y hueco donde el universo se conozca y reconozca».(10)

No parece que la conciencia cósmica sea precisamente uno de los temas favoritos de la filosofía analítica, ni siquiera de la filosofía contemporánea tout court. Puesto que los filósofos han abdicado de esa función, otros —cosmólogos, físicos, biólogos, economistas, ecologistas, periodistas y charlatanes de la new age— se han lanzado a asumirla con entusiasmo e ingenuidad. El problema es que sus contribuciones no se agregan en una cosmovisión integrada, coherente y fiable. Una filosofía satisfactoria nos proporcionaría una cosmovisión global científicamente aceptable, nos señalaría el camino de la buena vida posible y nos ayudaría a sintonizar con la realidad última del universo. Pero esa filosofía todavía no existe. La filosofía está por hacer.

Una versión de este artículo apareció en Filosofía Moral, Educación e Historia: Homenaje a Femando Salmerón. L. Olive y L. Villoro (eds.) México: UNAM. 1996. [Nota del editor].

Notas:

(1) Véase el capítulo 1 (“Blains in a vat”) de Hilary Putnam: 1981. Reason. Truth and History. Cambridge
University Press.

(2) Platón: Politeía, VII, 537 c 7.

(3) Para la situación de la filosofía en Estados Unidos, véase Nícholas Rescher: American Phihsophy Today. Rowman & Littlefield Publ. 1994.

(4) Platón: Tímaios, 47 b.

(5) Some Main Problems of Philosophy, p. 1. London 1953. (Lectures givcn in 1910 and 1911).

(6) Bertrand Russell,-1912. The Problems of Phibsophy. Capítulo 15: The valué of philosophy.

(7) Karl Popper: 1958. Prólogo a la edición inglesa (The Logic ofScientific Discovery) de Logik der Forschung.

(8) Albert Camus, 1942. Le Mythe de Sisyphe. Essai sur l’Absurde. Gaüimard, Paris.

(9) Bertrand Russell, 1912. The Problems of Philosophy. Capítulo 15: “The Valué of Philosophy”

(10) José Ortega y Gasset, 1957. ¿Qué es filosofía? Lección XI,

PDF en:

https://repositorio.uam.es/bitstream/handle/10486/330/22053_Grandeza%20y%20miseria.pdf?sequence=1

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